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Entierro del Sr. Darby

 

Como queda dicho anteriormente, J. N. Darby partió para estar con Cristo el día 29 de abril de 1882. A continuación traducimos y entresacamos, de una carta manuscrita por un hermano testigo de la efemérides, unos detalles de interés referentes a sus últimos días, y en particular al entierro del amado siervo de Dios.

«Fue un día muy triste; sí, muy triste, aquél en que nos tocó acompañar el cuerpo de nuestro amado hermano a su última morada terrestre. Pero nos consuela el hecho de saber que "ausente del cuerpo, estaba presente con el Señor".

El jueves que precedió su muerte, decía: "Soy como un pájaro dispuesto a volar", y dos días después, el sábado, 29 de abril, a las 10:55h. de la mañana, dejó este mundo para irse con Cristo, "lo cual es muchísimo mejor".

Como que pensamos en la posibilidad de que hayan corazones deseosos de conocer lo concerniente a las circunstancias del día del entierro, damos unos pormenores tan simples y tan exactos como son posibles. Sin embargo debemos advertir que nos ceñimos a hechos exteriores, pues nos está vedado precisar lo que sentían los corazones, cuyo estado sólo puede valorar Aquel que lloró sobre la tumba de Lázaro.

Nuestro hermano había permanecido las últimas ocho semanas de su vida en el agradable y tranquilo hogar de nuestros hermanos Sr. y Sra. Hammond, rodeado y cuidado con toda la ternura que el afecto cristiano puede sugerir y proyectar. Tal fue su última morada en vida. De allí salió para la tumba.

El 2 de mayo (día del entierro) tuvo lugar una reunión de oración, previamente convocada para el mediodía. Los que acudieron pudieron contemplar —al atravesar el vestíbulo que precede el espacioso salón donde la gente se reunió—, el féretro situado sobre dos caballetes, en el que también podía leerse:

"J. N. Darby, nacido el 18 de noviembre de 1800 y que durmió en el Señor el 29 de abril de 1882."

Como alguien dijo: la triste y solemne realidad para nosotros consistía en el hecho de que nuestro amado hermano había dejado este mundo. Que el instrumento escogido que había trabajado —con afán— para apacentar el rebaño de Cristo y para exponer las verdades y la riqueza de la Palabra, había entrado en su reposo.

En el mismo salón en que tuvo lugar un estudio sobre las Escrituras y en el que sus últimas enseñanzas impartidas habían versado sobre el tema expuesto al final del cap. 3 de Efesios: "A fin de que Cristo habite por la fe en vuestros corazones", los afligidos hermanos se hallaban ahora reunidos de nuevo, esperando en Dios y en silencio, con dolor sincero, pero con el sentimiento profundo de la presencia del Señor.

Esta calma solemne fue interrumpida por el canto del himno: "El reposo de los santos en lo alto", a continuación del cual un hermano anciano rindió gracias al Señor, en primer lugar por la gloria que ha puesto delante nosotros y que nadie puede arrebatarnos, y después, por la plena suficiencia de Cristo y por la certidumbre de Su bendita presencia hasta el final de nuestro peregrinaje terrenal.

A continuación, un hermano pidió al Señor que la partida de nuestro amado hermano J. N. Darby pudiera ser bendecida para todos, haciéndonos sentir la urgente necesidad de vivir ocupados en el Señor mismo de una manera más real, así como más consagrados a Su servicio.

Otra oración siguió (y por cierto conmovedora), por la cual un hermano agradeció al Señor el don que había dado a la Iglesia por medio del servicio fiel que su siervo había cumplido y por la vida de consagración que vivió en conformidad con los principios que la habían dirigido. Fue tan intensa su emoción, que no pudo continuar.

Otro hermano, con acciones de gracias por todo el bien que el ministerio del amado hermano nos había aportado, pidió que su muerte ofreciera aún la posibilidad de hablar al corazón de todos los que le conocían y que sus escritos puedan contribuir de forma bendecida a proveer firmeza espiritual a los santos.

Y por fin, un hermano muy anciano oró con grande confianza en Dios, y esta dulce, aunque triste y solemne reunión de oración y acciones de gracias, finalizó con el canto del himno: "Tú, manantial secreto de sereno reposo".

Atendiendo a la sugerencia de un hermano, se procedió a la lectura, en presencia de todos, antes de abandonar el salón, de las últimas palabras que J.N.D. escribió.

Hacia las tres de la tarde, el cuerpo fue conducido por ocho hermanos a la sencilla carroza fúnebre que esperaba a la puerta y que debía de conducirle al cementerio, situado a respetable distancia. Ningún vehículo de duelo siguió al féretro, únicamente algunos cabriolés para los que no podían caminar tan largo trecho. La mayoría de los que se habían reunido se trasladaron al cementerio por un camino distinto del seguido por el coche mortuorio, de suerte que no se diera motivo alguno para llamar la atención del mundo. Hemos de notar que éste había sido el deseo de nuestro amado hermano, deseo que los hermanos respetaron.

El cuerpo llegó al cementerio hacia las tres y media. Centenares de personas se hallaban congregadas en el lugar para recibirle. A una corta distancia de la puerta de entrada fue bajado del coche fúnebre desde donde 24 hermanos, relevándose de trecho en trecho, le condujeron a la sepultura. Alrededor de mil santos afligidos rodeaban la fosa. Algunos habían venido de Escocia, otros de Irlanda.

Después de un momento de concentración espiritual, un hermano (el Sr. Mac Adamm), indicó el cántico, del cual ofrecemos la traducción libre:

¡Oh día precioso! viene el Señor
A tomar a su pueblo que le espera
Más allá de los cuidados de la tierra
En donde no se conoce el pecar.
¡El Señor viene a buscar a los suyos
Y a sentarlos con Él en su trono
Para su gloria para siempre compartir!
La mañana de la resurrección se acerca,
Cada santo que duerme en el Señor será despertado
Y conducido a la luz plena.
Día demasiado glorioso para los ojos mortales
Cuando la Iglesia reunida
Arrebatada será a las celestes esferas,
Para siempre con Cristo estar.
Oh Señor, ¡cuán lentos son nuestros corazones
Para el cántico eterno alzar
Y gloria, honor y alabanza tributar!
Pero hasta ese día de Gloria,
Bendito Salvador, tú nuestro escudo serás,
Pues a nuestras almas te has revelado
Cual nuestra fuerza y castillo protector.

Un hermano (el Sr. Stuart) leyó a continuación Mateo 27:61, y dijo: «¡Qué contraste entre el entierro del Maestro, y el de su siervo para el cual nos hallamos reunidos aquí hoy!

»José de Arimatea halló un lugar para el cuerpo de su Maestro. Con la ayuda de Nicodemo, lo puso en un sepulcro nuevo de su propiedad. ¿Pero quiénes eran las personas afligidas? ¡Dos pobres mujeres! ¡Cuán significativa y demostrativa es la realidad de la humillación voluntaria del Dueño del Universo! Nuestros corazones se hallan tristes alrededor de la tumba del discípulo, ¡pero cuánta mayor tristeza sentían aquellas almas piadosas que le habían seguido en la tierra, y qué diferencia también en el carácter de este dolor!

»Una tristeza amarga, una angustia sin consuelo, llenaba los corazones, pues en aquel sepulcro, al depositar el cuerpo del Maestro, enterraban —al menos así lo creían— todas sus esperanzas. Habían esperado que Él era el libertador de Israel, pero había muerto, y toda la luminosa expectativa en relación con la nación se había esfumado juntamente con la vida de Aquel que había partido y de la cual —pensaban— no les quedaba otra cosa que el recuerdo. En este momento doloroso nada sabían de la resurrección, mientras que nosotros nos hallamos alrededor del sepulcro del servidor sabiendo que Jesús ha resucitado, y que está con Su presencia haciéndonos compañía en nuestra tristeza, así como también que volverá pronto para tomarnos a Sí e introducirnos en el cielo.

»¿Cómo podríamos haber venido aquí con confianza y depositar en el sepulcro el cuerpo de nuestro hermano amado si no tuviésemos firmemente asegurada la esperanza de la resurrección? Cuándo pensamos en todos los gloriosos privilegios que se desprenden de la resurrección de Cristo, un gozo real se mezcla con el dolor que sentimos sobre una tumba que va a cerrarse. En presencia de la muerte no nos conviene elogiar al difunto. Un solo ser entre los que han pisado la tierra es digno de alabanza. Es Aquel que ha vencido la muerte y que tiene todo el poder sobre la misma, Aquel que muy pronto despertará de la tumba a los que durmieron y llamará también con poder a los que vivan para estar siempre con Él. El Señor murió y fue sepultado, pero ha resucitado. "Mas cada uno en su orden: Cristo las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida". Es con esta esperanza bendita que nos consuela, que nos libera y fortifica, que depositamos en la tumba el cuerpo de nuestro amado hermano que partió.»

»El servicio continuó con fervientes oraciones; se leyeron y comentaron otras porciones de las Escrituras, entre ellas Génesis 48:21. "He aquí yo muero, mas Dios será con vosotros, y os hará volver a la tierra de vuestros padres." Un hermano (Charles Stanley) leyó también en el Evangelio de Juan 14:1 al 3, y 1ª a los Tesalonicenses 4:13 al 18 lo cual fue también comentado. A continuación se añadieron otras oraciones con himnos de esperanza.

»Después de un breve silencio, el ataúd fue bajado a la fosa por diez hermanos, y uno de ellos confió el cuerpo del siervo a los cuidados del Señor, hasta el día de la resurrección. Aún se cantó otro himno a Aquel que había tomado a nuestro hermano, y finalmente, sin que nadie lo indicara, se elevó (como proviniendo de un solo corazón y de una sola voz, con acorde armonioso y gozoso a la vez), el canto de estas palabras:

Gloria, honor, alabanza y poder,
sean para siempre al Cordero.
Jesús es nuestro Redentor,
¡Aleluya, Aleluya, Alabemos al Señor!

»Muchos dirigieron una mirada a la tumba, como un último adiós en el desierto. Después nos dispersamos, para pensar aún en aquél que reposa de sus trabajos en la presencia del Señor».

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