
1
TODOS SEREMOS JUZGADOS
Cuando
leernos con detenimiento la Palabra
nos impresiona sobremanera la grandeza de Dios, frente a la pequeñez y
dependencia del ser humano. Fuimos creados por el Eterno a su imagen y
semejanza. para ser sus administradores en todo el Planeta (1).
Como consecuencia directa cada uno será juzgado por
el Señor. Leemos “delante de Jehová que vino, porque vino a
juzgar la tierra. Juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad”(2).
Frente
a esta certeza, el Apóstol encarece “delante de Dios y del Señor
Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en
su reino” (3), que es nuestro privilegio y responsabilidad predicar la
Palabra sempiterna para que todos sean librados de condenación.
Debemos
preguntarnos frente a lo que hemos oído ¿Hay un juicio final? ¿Hay un gran
día en que todos hemos de comparecer delante de El?.
En
las Escrituras vemos a ese maravilloso Dios, expresado en tres personas, lleno
de amor, mas también manifestado en su justicia.
¿Cuándo,
cómo
y Dónde se exhibirá esa equidad y rectitud?
Cada
momento podemos observar sus cualidades perfectas Justo es Jehová en todos sus caminos, y es misericordioso en
todas sus obras (4).
Esa
justicia imperecedera se menciona constantemente tanto en sus juicios
personales, como en los familiares, congregacionales o nacionales.
Hay
ocho Juicios divinos que por sus características especiales apelan en los
creyentes en forma muy notable.
El
primero fue en la cruz donde el Salvador ofreció su vida por nuestra eterna
redención. En ella “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún
pecadores, Cristo murió por nosotros” (5)
El segundo, en el tiempo presente, en el cual cada
creyente juzga su propia vida y obra. Si el creyente no se confiesa al Señor y se aparta de ese pecad,
el Padre corregirá a ese hijo desobediente (6).
El
tercero, es el Tribunal de Cristo en el cual “la obra de cada uno se hará
manifiesta” (7).
En
el tiempo que Dios ha determinado que sin lugar a dudas nosotros seguramente
no confundimos habrá el juicio de Israel restaurado (8); el juicio de las
naciones (9); el juicio de los ángeles caídos (10); el gran Trono blanco
(11).
No
olvidamos que en el futuro, además de estos juicios. leemos “el diablo que
los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la
bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos
de los siglos” (12) ¡Gloria a Dios por esta noticia tan encomiable y
esperada!
II
EL CREYENTE SERA JUZGADO
Pensamos
que en el tercero que hemos mencionado, cada cristiano será analizado.
El que ha recibido al Salvador, sus pecados ya
fueron tratados y limpiados
por medio de la sangre de Cristo. ‘‘Jehová cargó en El el pecado de
todos nosotros”(13).
Con
su muerte y resurrección perfecta el Señor Jesús “por su propia sangre entró
una vez para siempre en el lugar santísimo, habiendo obtenido eterna salvación”
(14).
Queda para cada hijo de Dios el juicio de sus obras
desde el día de la aceptación del Redentor, hasta su muerte o su
arrebatamiento a la gloria.
La
Escritura instruyó “porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante
el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho
mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo”(15).
La
expresión “tribunal de Cristo” la hallamos dos veces en toda la Palabra.
Sin embargo este hecho tan importante nutre con su enseñanza las páginas de
todo el Nuevo Testamento.
Une la esperanza gloriosa saturada de privilegios celestiales, con
responsabilidades santas y terrenas. Así como el arrebatamiento anima el corazón,
el tribunal aviva la conciencia de cada hermano. Corazón y conciencia quedan
enlazadas en nuestra vida para el día de Jesucristo.
III
EL JUEZ JUSTO
No
tenemos ninguna vacilación al creer que nuestro Amado será el perfecto Juez.El presidirá este acto, que al decir
“todos nosotros” solo comparecerá cada cristiano “El Padre a nadie Juzga,
sino que todo el juicio dió al Hijo’’ (16).
Esta
es la verdad que “testificamos que El es el que Dios ha puesto por Juez de
vivos y muertos’’ (17).
No necesita de días, de pruebas, ni de testigos;
empero será con autoridad y rectitud sin
igual. Dijo un hombre “temeroso de Dios”(18) “¿Quién le
dirá que haces?” Aunque yo fuere justo, no respondería, antes habría de
rogar a mi Juez” (19).
Sabemos
que no se equivocará, pues es Omnisciente, y además no hace acepción de
personas (20). Aún lo expresado o hecho en lo secreto será recompensado en la
medida cabal e imparcial, pues Jesucristo es correctamente calificado como “el
Justo” (21).
¡Qué
solemne verdad! ¡Delante del Señor, el Juez inapelable! ¡Examinado por El! El
que todo lo sabe, que cada cosa ve, aún lo oculto ya que nada se puede
esconder, tendrá que dar veredicto final
sobre lo que hemos hecho, pensado, o dejado de hacer en la vida desde el día de
mí conversión al Salvador.
IV
EL JUICIO DE LAS OBRAS
El Señor mismo examinará y
pesará las ideas, los vocablos, las obras
de cada creyente. Apreciará el servicio, el trato, la vida privada y pública;
la relación familiar;
congregacional o secular; visible o invisible.
El uso de dones y
talentos de cada hijo de Dios, “pues
le es dada la manifestación del Espíritu para provecho” (22).
La
inminencia de este examen divino nos apremia a meditar con profundidad, de
manera que todos los días sean para aprobación, no ya de los hombres sino del
mismo Dios. Por lo tanto, debemos contender “ardientemente por la fe que ha
sido dada una vez a los santos” (23).
La vida debe ser para ocuparnos en nuestra
“salvación con temor y temblor, porque
Dios es el que en nosotros produce el querer como el hacer, por su buena
voluntad” (24).
No)
debemos amar “al mundo, ni las cosas que están en el mundo” (25). Más
“debemos amarnos unos a otros (26).
Escribe
Pablo, “así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor,
el Cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las
intenciones de los corazones; y entonces cada uno reciba su alabanza de Dios”
(27).
También
dice el Espíritu usando al apóstol Juan “mirad por vosotros mismos. para que
no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón
completo” (28).
El
Señor nos enseñó “guardaos de hacer vuestra justicia delante de los
hombres, para ser vistos de ellos; de
otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre en los cielos”. Al hacer
limosna o todo otro acto no debemos efectuarlo “para ser alabados por los
hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa”. Toda acción la
haremos sin que la izquierda sepa lo que realiza la derecha, para tener el
premio del Juez Perfecto (29).
Repetimos
con gozo mientras engrandecemos su Nombre, “y Aquel que es poderoso para guardarnos sin caída, y presentarnos
“sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios,
nuestro Salvador sea gloria
I.C.E Ciudadela Norte